Y aunque podría entenderse como un título para llamar la atención (que lo es), no deja de tener su sentido. Los pocos cientos de miles de asiduos a este blog quizá vieron en el menú de la derecha que Chico Viejo estaba leyendo "Un Mundo Feliz", obra con la que Aldous Huxley dejó de ser un simple mortal y pasó a formar parte de la eternidad (hasta que el universo explote).
¿Qué voy a decirles de este libro? No tengo la habilidad de hacerme pasar por crítico literario. Sí puedo aconsejarles su lectura y eso hago. No sólo a los aficionados a la ciencia ficción o a la fantasía sino a todos en general. "El Nuevo Mundo" es una obra de arte y, supongo, éstas están fuera de cualquier tipo de segmentación social o personal. Todo lector podrá ver lo increíblemente certero que es el autor al crear su ficticia sociedad situada en un supuesto futuro. Certero porque a poco que una persona esté mínimamente enterada de lo que se cuece en este mundo, podrá ver en esa sociedad un reflejo futuro de lo que ahora sólo puede intuirse.
En la viejísima (por estropeada) edición del libro que he tenido el inmenso placer de leer, aparece un prólogo (desafortunado en el sentido de que mejor debería ser un epílogo pues cuenta cosas del argumento) donde Aldous Huxley explica una serie de ideas que tuvo al volver a editarse su libro y entre las que se encontraba la posibilidad de modificar la propia obra. Por supuesto, no hizo nada de eso pero sí cuenta lo que podría haber sido un buen cambio. Paso de explicar eso y me centraré en otros temas de los que habla en ese prólogo; dos temas, para ser exactos: ciencia y sexo.
Dice Huxley que "la ciencia debería servir al hombre y no al revés". Una cuestión en la que la mayoría está de acuerdo. Si el ser humano es lo más importante, la ciencia sólo puede tener sentido para ayudarle a vivir mejor; es lógico. Sin embargo, ¿quién decide qué es servir al hombre? ¿Qué significa "servir al hombre? Y no menos importante, ¿a qué hombre debe servir? La cuestión es tan compleja que el propio Huxley lo que hace es simplificarlo todo y, en definitiva, justificar el sistema político que critica en su obra. Porque, si "alguien" debe interpretar lo que es bueno para el hombre (entiéndase como sinónimo de ser humano, sin diferenciación de sexo, por supuesto) sólo puede ser el gobernante, que para algo es el representante de todos los demás. Si el gobernante (como ente, no como individuo) es quien decide en qué consiste servir al hombre, en realidad, es quien controla el destino de la ciencia y del propio hombre, en definitiva.
Quizá algunos estén pensado: "pero es que la ciencia va muy rápido". ¿Deben controlarse los niveles de la ciencia? ¿Por qué? ¿Para beneficio del ser humano? ¿Acaso usted conoce el resultado de ese adelanto de la ciencia? ¿Conoce todas sus consecuencias? Déjeme responder por usted: NI DE COÑA. ¿Y el gobernante? ¿Lo sabe? Repita: NI DE COÑA. Entonces, ¿cómo decidir si la ciencia está sirviendo al hombre? Pues, sencillamente, todo depende del prisma con el que esté obligado a mirar. Ni más ni menos. ¿Está usted en paro porque no es capaz de producir más que ese brazo robótico? Pues se jode. Porque al empresario le conviene tener al brazo robótico en lugar de pagarle a usted y perder dinero. El prisma, señores.
Huxley pecó de demagogia barata al soltar esa frase tan sonora y popular: "la ciencia debe servir al hombre y no al revés". Si nos hubiéramos limitado a "ser felices" y boicotear la ciencia, ahora mismo yo no estaría escribiendo en un ordenador, ustedes no estarían leyendo esto y, quizá, todos estaríamos quitando los piojos al vecino o pidiendo un poco de carne de conejo al padre de la cueva.
Segundo y último punto: el sexo. El sexo en nuestra sociedad y en la futura. ¿Quién no se ha sentido inquietado o al menos sorprendido por el galopante sentido de total desvergüenza sexual que parece invadir nuestros días? Carteles del culo de una modelo en plena acera. Y no me vengan con actitudes "progresistas" condicionadas por los programas de sexo que tan de moda están ahora, por favor. No es normal escuchar cómo una niña que mide poco más que un metro, le pide a su padre que le compre OTRO tanga, que el que tiene es amarillo y ÉSE es negro y está baratísimo. Eso sin contar la metrosexualidad (ahora los tíos también debemos llevar escote y maquillaje), la alta cuota de transexualidad y las operaciones de estética que convierten a las personas en meros productos carnicoplásticos ávidos de consumir fluidos corporales. ¿No ven que el clásico porno se está quedando muy corto? Lo que se lleva ahora es ver a una vieja cortando los testículos a un tío, ver a dos adolescentes varones menores de edad dándose por el culo, ver a un perro corriéndose en la cara de una niña, ese tipo de cosas.
En fin, esto necesita de tan poca explicación que ya les ahorro mis teorías y les dejaré con lo que dice Huxley en su prólogo. Agárrense los pantalones y crucen sus piernas, que viene lo fuerte de todo este artículo:
A medida que la libertad política y económica disminuye, la libertad sexual tiende, en compensación, a aumentar. Y el dictador (a menos que necesite carne de cañón o familias con las cuales colonizar territorios desiertos o conquistados) hará bien en favorecer esta libertad. En colaboración con la libertad de soñar despiertos bajo la influencia de los narcóticos, del cine y de la radio, la libertad sexual ayudará a reconciliar a sus súbditos con la servidumbre que es su destino.
Quédense con eso. Sólo una cuestión (más) antes de terminar. Suponga usted que le ofrecen sexo garantizado, con quien quiera y la cantidad que quiera, por siempre; lo único que tiene que hacer es trabajar 6 horas al día, no protestar nunca a la autoridad y aceptar una vida indepentiente. La pregunta es sencilla, ¿cuántos segundos tardaría usted en firmar?

