Les presentamos la asociación Bloguera, Coctelera, Pedalera de Relatos Vinculados, creada por el amigo Yoyayoyyaya y un servidor. A continuación, les mostramos un relato formado por cuatro episodios, que ni nosotros mismos sabemos cómo va a acabar. Suena interesante, ¿no? Esperamos que sí y que los disfruten tanto como nosotros. Esta es la primera vez que Yoyayyoyaya va a leer la segunda parte. Sin duda, su siguiente aportación devolverá la calidad al relato, justo antes de que yo lo destroce completamente con el final.

Por cierto... quien no haya leído la primera parte (algún despistado habrá en el universo), puede hacerlo pulsando AQUÍ.

Sin más preámbulos (hay que ver que pesao es Chico Viejo), les dejo con el segundo episodio.

Suena el móvil.

Suena el móvil.

Suena el móvil.

Suena el puto móvil de los cojones.

Sin darme cuenta ya lo tengo en el oído derecho y creo que intenté decir algo. La boca me apesta. El sol me deslumbra.

Alguien me habla por la otra línea pero si un cerdo enorme y seboso hubiera hecho lo mismo no habría notado la diferencia.

-¿Qué quieres, Fran?

Sólo podía ser él.

-Tennggo alggo. Nno puedess nneggarte.

-Es curioso que lo digas...

Trato de incorporarme, estoy oxidado. Me duele la cabeza. ¿Dónde estoy? En el suelo, sí, ¿pero dónde?

-... porque recuerdo haberte dicho, claramente, que no me volvieras a llamar nunca, grasiento hijo de puta.

Oigo reírse al cerdo. Una ligera sospecha se cierne sobre mí. Espero que mi instinto siga borracho.

-He ddicho... nno puedess nneggarte...

Si no fuera porque creo que va a añadir algo y que me dará pie a otro buen insulto, habría colgado. Y lo habría hecho antes de oír los gritos.

Los gritos de ella.

Los gritos desgarrados de mi puta protegida.

¡¡El puto cerdo tiene a mi protegida!!

Cesan los gritos y vuelvo a oír los asquerosos espasmos que el repugnante de Fran considera su risa. La sangre recorre mi barbilla tras morderme el labio inferior. La luz deja de molestarme. Estoy en la estación. Joder. Me quedé dormido. Reacciona de una puta vez. El móvil sigue en tus manos. La vida de ella está en tus manos. Intento disimular al rabioso demonio que me desgarra por dentro.

-¿Qué... quieres?